El rol social del grafitero en Argentina

Mientras la cultura grafitera se fue difundiendo por todo el mundo a partir del final de los años ’70 – fecha en la que nació el movimiento en Estados Unidos -, en Argentina se tuvo que esperar a los años ’90 para ver las calles repletas de colores, tags y grafitis de todos tipos. La dictadura utilizaba las paredes para transmitir mensajes políticos a la población, a la par de lo que se hizo durante regímenes parecidos en otros países del globo, pero no permitía la difusión de un movimiento que de por sí conllevaba mensajes alternativos e ilegales de apertura al mundo del arte y del conocimiento en general. Muy probablemente, más que el movimiento estadounidense, fue el movimiento europeo, nacido a raíz de aquel, el que vino a influenciar a una gran cantidad de artistas argentinos que empezaron a poner sus obras al alcance de toda la población.

En cualquier caso, el verdadero boom del grafiti en Argentina se coloca entre el 2001 y el 2002, en los años del colapso económico, durante los cuales la población fue inundada por unos sentimientos de negatividad y de frustración en contra de los cuales los mismos artistas decidieron luchar, casi como si se tratase de un deber moral y cívico hacia la comunidad. Los artistas, conscientes de la situación casi surrealista en la que vivía su país, decidieron tomar las riendas del bienestar común, contribuyendo a colorear las paredes y a restablecer la positividad de sus barrios a través de obras repletas de personajes infantiles, animales y dibujos animados, que permitiesen sacar una sonrisa a los transeúntes.

Efectivamente, la importancia del movimiento grafitero y del arte callejero reside en su faceta de instrumentos de comunicación, utilizados en la lucha para la obtención y la difusión de los que se pueden calificar como derechos humanos. Su capacidad para captar la atención de un número indefinido de personas los consagra como vehículo privilegiado en las luchas para la salvaguardia de las tradiciones y cosmovisiones de los pueblos indígenas, en las reivindicaciones del movimiento feminista, en el rescate de las minorías sociales – como las comunidades campesinas -, en la defensa de los derechos laborales de trabajadores y obreros y en todas aquellas luchas bajo las que subyacen la persona y sus derechos fundamentales.

1.Foto de Nerea Álvarez Seguin_Huamahuaca_San Salvador de Jujuy_Febrero2015

Los grafitis son la expresión artística de las luchas sociales, insertados principalmente en contextos urbanos poco atentos al fenómeno de la degradación social y comunitaria, con el explícito objetivo de re-apropiarse de la calle de una manera diferente a la estandarizada. Claramente, ocurre subrayar la referencia al grafiti como “arte” y no como mero embadurnamiento de las paredes públicas o privadas, de interés histórico, y con el objetivo de resultar el soporte para luchas internas entre barrios: ese fenómeno se puede clasificar más como vandalismo que como movimiento artístico y posee características bien distintas de lo que actualmente se considera grafitismo.

Dicha práctica visible – y sobre todo visibilizada – adquiere más y más consenso popular por ser una poderosa “arma” transclasista de divulgación de importantes contenidos, sobre todo en el ámbito de lo social. En la mayoría de las paredes, rincones, puentes, techos, trenes, en definitiva, en la gran parte de los soportes que albergan las pintadas de los artistas, viven obras que se unen al territorio y luchan con él y por él, ayudando a visibilizar problemáticas, a difundir esperanzas o a contestar de manera pública y evidente cuestiones políticas que no se comparten. Las “piezas”, tal como se llaman en la jerga, resultan ser instrumentos democráticos, al libre alcance de todas y de todos, deviniendo unas fórmulas para conjurar la hostilidad ambiental y paliar así una insatisfactoria vivencia urbana y convivencia ciudadana1.

Una aplicación pragmática de tal afirmación se pudo observar en el periodo de crisis económica argentina: los escritores de grafiti y los artistas de calle, incluidos ambos en la categoría de activistas contraculturales, quisieron ofrecer su apoyo concreto a la población para aliviar el malestar inducido por el fracaso de la política y de la economía.

El aprecio social que obtuvieron aquellos “muñecos”2 ligeros y multicolores llegó a una aceptación popular tan alta que las mismas fuerzas del orden decidieron no perseguir a los artistas, a diferencia de lo que se solía hacer en el extranjero, debido a unas políticas y legislaciones altamente represoras. Gracias a dicha permisividad, en aquel entonces ciudades como Buenos Aires se convirtieron en verdaderos museos al aire libre, gratuitos para todo tipo de ciudadanos, y que incorporaban a la vida pública – por lo menos desde el punto de vista de la fruición – a los más afectados por la crisis económica, exaltando públicamente las categorías peor consideradas.

Desde las paredes los artistas utilizan elementos estéticos para poner en práctica los ideales del civismo – aquellos ideales volcados en el bien común –, contraponiendo la iniciativa particular a los criterios de desarrollo de las instituciones. El grafiti y el arte callejero actualmente poseen un peso simbólico para la caracterización del espacio como un lugar de reflexión y de pensamiento crítico, siendo unos verdaderos escaparates ciudadanos para el debate: el destinatario interpelado no es el sujeto promedio al que se dirigen los medios masivos, sino el sujeto que transita a su lado y experimenta la paradoja, el impacto visual, lo diferente.

Además es importante subrayar el hecho de que la población urbana en los últimos años empieza a salir de los estrechos vínculos con las necesidades individuales, creados y asignados por la así llamada “sociedad del consumo”, con la finalidad de conocer y reconocer los ciudadanos (y probablemente de manipularlos también). Están naciendo nuevas necesidades sociales y, por ende, la necesidad de ver reconocido el “derecho a la ciudad”3: el ser humano precisa alejarse de las necesidades antropológicas elaboradas socialmente, gozando, entre otros, de los elementos creativos y artísticos que les pueda brindar el mismo entorno en el que vive.

En conclusión, el aprecio siempre creciente que dicho fenómeno está obteniendo en Argentina coloca al país entre los más ricos en lo que a cultura grafitera se refiere y hace que sea considerado como un ejemplo positivo de expresión cultural popular: artistas de todo el mundo eligen las paredes argentinas para dejar sus huellas, para marcar su paso por América Latina y para conseguir visibilidad a nivel mundial. Y esto claramente conlleva un aporte notable también en la misma sociedad, que se abre a nuevas cultura y a nuevas formas de arte no convencionales, contribuyendo de paso a alargar los horizontes personales e interpersonales.

Elisabetta

1 FIGUEROA-SAAVEDRA, Fernando. Estética popular y espacio urbano: el papel del graffiti, la gráfica y las intervenciones de calle en configuración de la personalidad de barrio. En Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, enero-junio, 2007, vol. LXII, n°1.

2 De aquí viene el termino “muñequismo”, utilizado para indicar aquel estilo caracterizado por la forma lúdica de sus dibujos y por el uso de pintura de látex en vez de la pintura en aerosol, excesivamente cara en aquella época de austeridad.

3 Véase HARVEY, David. Social Justice and the City. University of Georgia Press. 2010 y LEFEBVRE, Henri. El derecho a la ciudad. Península, 1969.

Publicado en la Revista Novamerica, oct./dic. 2015, n.148.

Foto: Nerea

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