Del amor y otros demonios

El primer capítulo del último libro del profesor Rodotà, titulado “Derecho al amor”, empieza con un par de preguntas: “¿Son compatibles, se pueden pronunciar juntas las palabras derecho y amor? ¿O pertenecen a lógicas conflictuales, hasta que la una y la otra buscan continuamente solaparse? El derecho a menudo ha sido utilizado como instrumento de neutralización del amor, como si el amor, por sí mismo, corriese el riesgo de disolver el orden social. Esto es una opinión antigua, entonces no referible solamente a los acontecimientos más cercanos a nosotros.“.

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No hay afirmación que pudiera resultar más pertinente y perfecta desde el punto de vista temporal para describir los acontecimientos históricos y políticos italianos de los últimos tiempos.

El feroz y extenuante debate sobre las uniones civiles (o parejas de hecho, tal como se llaman en el mundo hispanófono) está dividiendo la opinión pública, chocada o tímidamente exultante frente al histórico cambio de rumbo de la jurisprudencia italiana, obligada a enfrentarse a las directivas supranacionales y a adecuarse (sin, en realidad, muchas ganas y con resultados bastante cojos) a las directrices de todos los demás países europeos. En Italia no se habla de nada más, todo el mundo siente el deber de expresar su opinión personal respecto la introducción en el panorama legal, con el decreto ley Cirinná, de nuevas categorías de unión “amorosa” y de todas las consecuencias que esto conlleva.

Un debate que, en línea con los relajados ritmos mediterráneos, ha tardado por lo menos una decena de años antes de estallar, además sin una previa preparación al cambio; tal debate ha expuesto a millones de italianos teledependientes una serie de novedades que les han dejado un gusto amargo en la boca, difícil de digerir, considerando, sobre todo, la existencia de legados de una cultura anclada en clasicismos doctrinales de la Iglesia Católica.

Enésimo error de la política de los últimos años, enésima demostración de cómo ya no se puede utilizar un concepto, el de “clase política”, que ha tenido sentido hasta hace algunas decenas de años. De todas formas, no estamos aquí para llorar con nostalgia un pasado que, con los actuales parámetros, nos parece idílico de manera absoluta, ni tampoco para quejarnos de un presente sin historia.

Analizando la situación de manera poco ortodoxa y canónica, ocurre que el pueblo italiano ha descubierto hace poco que no todos y no todas se pueden (ni se deben) encajar en la categoría del “macho alfa” o de la discreta mujer “clueca”; ha abierto los ojos, hallándose rodeado por un abanico de nuevas “uniones” que hasta hace un rato no existían.

O, mejor, estaban magistralmente escondidas.

En Italia han aparecido mágicamente gays, lesbianas, transexuales, queer (1), intersexuales (y más, sin seguir con el listado porque podríamos correr el riesgo de colapsar muchos cerebros por sobredosis de nuevas palabras). Antes no existían, antes no se atrevían a dejarse ver y ensuciar la imagen del italiano latinlover.

Pero ahora – se sabe, es notorio – “está de moda” la tolerancia, “mola” ser homosexual, “desde que los políticos y los actores lo dicen sin mucha vergüenza, ahora todos piensan que sea chulo ser gay o lesbiana”.

Pues, tal y como ocurre con la “invasión” de migrantes, Italia se ha convertido en un país invadido por una multitud color arcoiris y nuestro Legislador ha percibido casi un empuje moral y cívico – aparte de las repetidas quejas de la CEDH y de las burlas del mundo político y jurídico que nos consideraba aun anclados al Paleolítico – y ha decidido que ya era hora de crear una división normativa que reglamentase las uniones “diferentes” entre personas “diferentes”.

Esta normativa unitaria y compacta ha aparecido como algo aun más necesario después de la pacifica, lenta y culta “revolución” de magistrados y magistradas que, en sus oficios individuales, han contribuido con sus sentencias llenas de coraje a mover, estimular, aguijonear la atención pública, moviendo la atención y el botón del mando de la tele – aunque sólo por momentos – de las frivolidades a la exigencia de otorgar tutela a una franja de ciudadanos y ciudadanas actualmente privados de reconocimiento.

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¿Qué ha pasado, entonces? Italia, último país de una evolución jurídica ascendiente, última entre los últimos en la apertura de su jurisprudencia y cultura al reconocimiento de las uniones que no figuran en los dictámenes (interpretados strictu sensu) del artículo 29 de la Constitución (2), ha llegado a la resolución de tal bloque y ha decidido virar hacia el reconocimiento de la existencia de las uniones civiles.

Uniones que – ¡atención! – no tienen que ver sólo con la “categoría” homosexual, sino que pueden también concernir la reglamentación jurídica de una relación de convivencia entre amigos o parientes. ¿El motivo? Solo para citar algunos: pensión de viudedad, indemnización por enfermedades, contratos de alquiler, herencias, derecho de visita del enfermo en el hospital, derecho de elección de determinadas curas para el hospitalizado no autónomo.

Lastimosamente, la mala gestión de la información y el populismo comunicativo han desplazado el centro de la atención común hacia la oportunidad de conceder a los homosexuales la adopción del hijo de su pareja (la llamada stepchild adoption, eliminada en el texto aprobado por la Cámara de los Diputados y llegado al Senado) y hacia la ética de la gestación subrogada. Galvanizados, entonces, por un bombardeo mediático sobre tales argumentos, los italianos han perdido la pista sobre lo que, en mi opinión, era el centro de la vexata quaestio: el reconocimiento jurídico del amor, la disciplina del enamoramiento bajo todos los puntos de vista. Porque, tal como afirma Rodotà: “Hablar del derecho al amor no sirve para legitimarlo, el amor no necesita legitimación. El amor quiere hacerse derecho para realizarse de manera plena”.

Elisabetta

Foto: -DiMiTRi-

 (1) QUEER y no QUEEN, sí, ningun error. Para quienes quieran saber más, en el siguiente enlace podeis encontrar un par de nocciones: https://es.wikipedia.org/wiki/Teor%C3%ADa_queer

(2) Artículo 29 Constitución italiana: “La República reconoce los derechos de la familia como sociedad natural basada en el matrimonio. El matrimonio se regulará en base a la igualdad moral y jurídica de los cónyuges, con los límites establecidos por la ley en garantía de la unidad familiar”.

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