Viaje de no retorno a Idomeni

“Grecia es un campo de concentración a cielo abierto”, Luisa Lopez

Luisa Lopez, voluntaria en Idomeni

Luisa López, de Puerto Serrano, Cadiz, es trabajadora social y titulada en el máster DDHH, Interculturalidad y Desarrollo. Es una persona curiosa y con gran sensibilidad hacia otras culturas y formas de vida. El verano pasado, cuando comenzó a crecer esta crisis humanitaria, ella estaba viajando en Colombia y, luego, en Cuba. Fueron unas vacaciones con el objetivo de conocer otras realidades. A la vuelta, su inquietud por ver lo que estaba sucediendo en las fronteras europeas le condujo a emprender un nuevo viaje como voluntaria. Lo hizo junto a otros tres compañeros y una compañera: Alejandro Ramírez, Dani Pérez, Gonzalo Höhr e Isabel Gómez. Destino: Idomeni, Grecia.

Fueron 17 días, apenas dos semanas, pero muy intensas. Un viaje del que ya no hay retorno emocionalmente. Desde que ha vuelto no concilia la idea de que en suelo europeo esto esté pasando: “Es vergonzoso y me siento incómoda perteneciendo a esta parte del mundo. No quería volver a mi casa, pues aquí siento que no hago nada. Estas cansada, tienes tu cama; hambre, el frigorífico, tu comida; hace frío, tu estufa”. En estos momentos, los cinco voluntarios intentan contar la realidad vista a los máximos medios posibles, también en institutos. Además, están poniendo en marcha una plataforma de apoyo a los refugiados y refugiadas(*), a través de la cual poder continuar colaborando económicamente con las organizaciones con las que han estado trabajando en el terreno.

Plan de viaje
Los cinco sentían que era su responsabilidad entablar alguna acción para mejorar la situación de las personas refugiadas de Idomeni. Por esta razón, habían empezado a recopilar alimentos y tiendas de campañas para enviar a Grecia. Querían juntar lo máximo posible y buscar la manera de enviarlo por sí mismos o a través de una organización. Entonces -cuenta Luisa- fue cuando salió la foto de la niña metida en la cajita. Esa imagen les dio un vuelco al corazón: “Fue el impulso que nos hizo tomar la determinación de irnos a Idomeni. Nos volvimos locos, sentíamos que aquí ya no estábamos haciendo nada”.
El plan era llevar todo lo que habían recogido ellos mismos, montarlo todo en una furgoneta y conducir de Cádiz a Idomeni pasando por la frontera de Macedonia. Se bajaron pronto de la nube cuando fueron a preguntar todos los trámites necesarios. Fue entonces cuando hicieron un cambio de estrategia. La decisión fue comprar un vuelo y llegar con algún dinero allí para poder invertir directamente en las acciones que se estaban llevando a cabo en el terreno.
Para conseguir dinero compraron unas ochenta camisetas para vender a los familiares y amigos: “En dos horas se acabaron. Nos vinimos arriba e hicimos también unos broches. La gente empezó a donar, los pueblos de al lado a hacer recolecta. Todo a nivel civil, sin organizaciones. Fue impresionante como se volcó la gente. Recolectamos 9000 euros”, narra Luisa.

Primera parada: El Pireo
El 18 de marzo, tomaban el vuelo de Grecia a Atenas. Tras dos días en la capital, viajaron hasta el campamento de El Pireo. Estaban nerviosos y nerviosas, sabían que aquello que veían en televisión era una ínfima parte de lo que realmente iban a encontrarse.

El Pireo es el campamento del primer puerto, casi todas las personas que bajan de los barcos pasan por allí. La gente que llega de Siria, sobre todo, va cargada con sus maletas y otras pertenencias, muchas de las cuales han ido perdiendo por el camino y dejarán también allí al dirigirse a Idomeni. Unas se quedan y otras se van. Los taxis empiezan a hacer negocio con los viajes. Ruta El Pireo- Idomeni. Precio a convenir.

La capacidad de El Pireo está sobrepasada, hay unas 6000 personas. Al entrar es un mar de tiendas de campaña y detrás “tres barracones enormes con un montón de personas aglomeradas unas con otras. Las colas son kilométricas para conseguir alimentos, los niños jugando en el puerto descalzos con peligro de caerse al mar”, la voz de Luisa se acaba de apagar. Es difícil para ella describir lo que ha sentido, igual para sus compañeros y compañera. Sus frases están llenas de tristeza y frustración, pues sabe que apenas ella puede hacer nada. Sin embargo, este es sólo el comienzo de sus viajes.

Después de unos días en El Pireo colaborando con Remar, repartiendo té y fruta por los barracones y trabajando en la ludoteca que la organización había montado, se fueron a Idomeni. Si aquel primer campamento les pareció que carecía de organización, una aglomeración de gente sin condiciones aptas para una higiene mínima, cuando aterrizaron en Idomeni, El Pireo les pareció, en palabras de Luisa “un hotel de cinco estrellas”.

No hay ningún protocolo de llegada, vienen andado, se asientan y ya está.

Idomeni
En Idomeni se asientan entre 12000 a 15000 personas. Las condiciones en las que se encuentran los refugiados y refugiadas son muy precarias. La pequeña aldea griega resiste la llegada con los recursos que llegan de las ciudades colindantes como Polikastro o Kilkis. El campamento está en una zona donde había arrozales, todo es húmedo y se encharca apenas llueve un poco. Justo detrás tiene una sierra enorme que está en tierra de Macedonia, “es como una Sierra Nevada, el día que baja el viento de ahí hace muchísimo frío”. Las familias hacen hogueras con leña de cualquier cosa: plásticos o ropa. Las enfermedades derivadas de esta situación empiezan a brotar. En los medios se habla de hepatitis, Luisa nos cuenta casos de sarna cada vez más extendidos. Además, el campamento solamente cuenta con diez duchas con agua fría para todos. Uno de los últimos días que estuvieron en Idomeni, se quedaron a dormir en las tiendas con una familia. Llevaban buenas chaquetas y buenos sacos, preparados para el frío, sin embargo, “ el frío que baja de la montaña y la humedad que se siente nada es suficiente”.

La organización del campamento, tal y como sucedía en El Pireo, es inexistente: “No hay ningún protocolo de llegada, vienen andado, se asientan y ya está. Eso sí, todos van documentados, al menos, de las personas con las que conviví, no había ninguna ‘sin papeles’. En cambio, hasta donde yo conocí, no hay un registro, no hay un listado de control de las personas que vienen, a excepción de uno en Atenas, en la primera parada”. En la entrada al campo hay un paso de 24 horas de la policía, vienen de lejos, rostros cansados, mirada perdida, se arrastran hasta donde queda un lugar y a esperar. En la vía del tren, lugar donde hacen las manifestaciones, donde reclaman sus derechos de asilo o protestan ante la falta de agua y alimentos, hay dos lecheras y cuarenta policías.

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Miles de personas
Grecia enfrenta una situación de crisis. Luisa nos cuenta que se nota en las calles, se percibe fácilmente que “Grecia está aguantando un peso increíble, es el país menos indicado para mantener la estructura para miles y miles de personas que están llegando cada día de diferentes lugares”.

Sirias, afganas, kurdas, marroquíes, palestinas refugiadas de Siria. Todas huyen de la mala situación que sufren en sus países de guerra, de la violación de derechos humanos, de la pobreza. Todas viajan con alguna razón, sin embargo, a la hora de pedir refugio, solo se está considerando a la población siria. En el pueblo, cuenta nuestra entrevistada, el rechazo por procedencia étnica no se notaba, ni por parte de los autóctonos, ni de los voluntarios. Los primeros en hacer la diferencia fueron los miembros de ACNUR. En Idomeni, “vimos el tercer o cuarto día, un montón de autobuses para llevar a la gente a los campamentos en manos del estado, militarizados”. ACNUR, al parecer, trabaja en la criba de las personas que llegan según su origen, “pone una mesa con traductores y carteles con el nombre del país. En función de la nacionalidad, los montan en un autobús u otro y, según qué autobús, van a un campo o a otro”.

Grecia está aguantando un peso increíble, es el país menos indicado para mantener la estructura para miles y miles de personas.

Campamentos por toda Grecia
El viaje es largo, la primera parada es el desembarco en Lesbos, El Pireo. Luego, muchos acaban en Idomeni, pero toda Grecia está llena de campos, la mayoría militarizados. “Grecia es un campo de concentración a cielo abierto”, denuncia Luisa. Existen muchas historias sobre estos campos militarizados: “En Atenas, estuvimos en el antiguo aeropuerto, uno de estos campamentos, pero no nos dejaron entrar, tienes que estar autorizado, ni voluntarios, ni periodistas. A unos 15 km de Idomeni hay otro, en el que tampoco nos dejaron entrar. Lo que se está haciendo es repartir a la gente un documento en el que firman la detención voluntaria. Y, corre el rumor de que no se informa adecuadamente sobre lo que supone ese documento. La mayoría de personas no tenían ni idea de qué significa esa detención voluntaria, sólo que se los llevan a un campamento en otro lugar. Lo que sí saben, y la razón por la que firman, es que les aseguran comida y alojamiento. Luego, la promesa de asegurarles el sustento no se cumple siempre”.
Sin saber cómo, algunos consiguen comunicarse entre campamentos y llegan informaciones, “a unos compañeros les llegaron fotos de familias que tenían la comida en mal estado, problemas de baños, sin duchas, hacinamiento en las tiendas de campañas. Muchas comentaba que más valía no haberse movido”.
La ambigüedad que generan estos campamentos surge por la prohibición de entrada de medios de comunicación o voluntarios que llegan de forma individual, “en estos campamentos no se sabe muy bien quienes hay allí y porque no te dejan entrar.”.

ONG´s
Asimismo, la protagonista recrimina la poca presencia de las grandes ONG´s, solo se había encontrado con Cruz Roja durante sus días de voluntaria por El Pireo y con ACNUR gestionando los autobuses. Luego, en Idomeni, ambas estaban también. Por lo que los voluntarios pudieron ver, ACNUR, solamente repartías tiendas de campañas y mantas. A veces, podían pasar horas andando por el campamento horas y no encontraban a ningún miembro de la organización. Con respecto a otras, Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo están al borde del colapso, “no dan abasto y los recursos médicos no son suficientes. La gente llega ya enferma o, si no, se pone enferma allí”. Una de las principales razones es por las mismas hogueras con leña de plástico o ropa, materiales que al quemarse son tóxicos. Otra de las organizaciones conocidas trabjaando allí era Bomberos en Acción, una organización catalana y con un trabajo bastante eficiente, “en su carpa recuerdo a cuatro o cinco médicos, y todo bien ordenado. La gente iba pidiendo cita y lo llevan bastante bien”.

Durante todo el viaje se dieron cuenta de que el trabajo diario y constante lo llevan a cabo sobre todo pequeñas organizaciones y voluntarios independientes. Se organizaban cada día a las doce de la mañana en Park Hotel de Polikastro, ciudad a unos 15 km de Idomeni. Al llegar, “nos unimos al grupo de Banana Team. De ocho a doce de la mañana repartíamos bananas tienda por tienda a los niños, mujeres embarazadas y ancianos. Íbamos apuntando las necesidades y, a la tarde, intentábamos comprar cosas para cubrir esas necesidades y las repartíamos”.

Luisa Lopez, voluntaria en Idomeni, Grecia

El flujo de llegada es constante. Son miles de personas las que llegan a Idomeni con la intención de quedarse hasta que puedan pasar a Europa por Macedonia. Los altercados cada vez son más fuertes y las medidas más violentas por parte de la policía macedonia hacia quienes intentan pasar la frontera. Cada día, muchos intentaban pasar. “Volvían con lesiones por todo el cuerpo, brazos rotos, ojos hinchados”, relata Luisa. Las historias que iban escuchando de las familias les hacían entender por qué esperan allí en tan malas condiciones, por qué se arriesgaban a intentar cruzar cada día la frontera. En Idomeni dejan el último cartucho de esperanza. Quieren llegar a Alemania: “Mama Merkel, we love Mama Merkel, sólo quieren llegar ahí, yo me echaba las manos a la cabeza”. Los voluntarios y voluntarias intentaban contarles la situación europea, la posición de Alemania respecto a su acogida, pero no se lo creían. Las noticias y rumores que llegan al campamento son sobre compatriotas suyos que han llegado a Alemania, han sido acogidas y acogidos y están bien.

Sucesos en Europa
Durante el tiempo que Luisa estuvo en Idomeni se aprobó el Acuerdo Europa-Turquía. En aquel momento, las deportaciones empezaron desde Moira. “En la isla no vimos ninguna deportación. Y no puede haber deportaciones en Idomeni, porque han llegado antes de la fecha”. Entre los activistas y voluntarios, se hablaba durante esos días del temor de que, al llevárselos a los centros militarizados, hagan la criba y deporten a la mayoría de las personas a Turquía y luego a sus países de vuelta.

Otro suceso fue el atentado en Bruselas. En esos momentos el suceso llegó al campamento con una brisa de culpabilidad: “la mayoría, a la mañana siguiente, te pedía perdón. Perdón, porque ISIS había atacado en Europa. Los niños con carteles Sorry Bruselas. Fue cuando empezaron a abrirse y contar más sobre su huida”.

Historias
Muchas historias que no se cuentan en los medios de comunicación convencionales y que pasan desapercibidas, fueron escuchadas por estos voluntarios. No es solo una guerra, es una persecución que genera una huida conducida por mafias desde que salen de sus casas: compra de los pasajes en lanchas en mal estado, pasaportes falsos para poder cruzar fronteras y toda una serie de ‘aranceles’ que van pagando con el sueño de conseguir llegar a su destino: Europa. La gente del campamento cuenta como el viaje se hace todo a través de mafias: “En total, son de 1500 a 2000 euros por pasaje: los montan en Turquía en una barca masificada, les pinchan la barca y, si llegan, bien. La mayoría de las personas refugiadas no hablan de la llegada de Siria a Turquía. Vienen por caminos escondidos, perdiendo todo su dinero. Además, hay otro movimiento de mafias con el cierre de la frontera, ahora están vendiendo el viaje por Serbia hasta Atenas y luego a Italia, con pasaporte falso incluido”.

Niños refugiados, Idomeni

Los acontecimientos por los que han pasado algunas familias sirias son impactantes. Familias que tenían una buena vida en sus países antes del conflicto. Madre y padre titulados, con buen trabajo y casa; parejas jóvenes de distinta religión y jóvenes, casi adolescentes todavía, que huyen del servicio militar. En el campamento, abortos y pérdidas cada día por malnutrición y frío. “Recuerdo, un matrimonio con un niño de unos cuatro años. La mujer estaba embarazada, cruzó embarazada. Cuando emprendió el viaje su embarazo era de tres meses. Ambos trabajaban y tuvieron que huir porque el pueblo donde vivían lo tomó ISIS y decapitaron al abuelo y a algunos vecinos. Ellos huyeron con la abuela y otras personas. Estuvieron en la montaña varios meses, el frio era terrible la señora mayor murió y la tuvieron que dejar allí. Luego, el calvario de lidiar con todas las mafias para, finalmente, llegar hasta aquí y encontrarse el cierre de fronteras”. Tristeza, pelos de punta, las palabras no pueden recoger lo allí vivido por estos cinco gaditanos: “Conforme pasan los días nos dabamos cuenta de que las noticias que nos llegan no son más que una pequeña parte. Tú no conoces las enfermedades que hay, como la sarna, no sabes que hay más de doscientas mujeres que están embarazadas de ocho y nueve meses, cantidad de familias desestructuradas, viudas, niños que vienen con el vecino, falta de higiene, escasez de agua potable y alimentos. Desde tu sofá no vives una noche con lluvia y frio”.

Muchos golpes y lecciones en apenas dos semanas. Ahora ven cómo la policía griega está deteniendo a voluntarias y voluntarios. En su estancia en Idomeni o en El Pireo no sucedió ningún altercado. Temen que estas detenciones y el aumento de los malos tratos, además de las maniobras del ejército que se han visto en televisión, provoquen un desmantelamiento del campamento de Idomeni.

“Aquello es una lección de humanidad, desconocemos otras culturas y juzgamos todo el tiempo porque no los conocemos. Por ejemplo, su cultura es muy abierta en el sentido de compartir. A los niños le dabas el plátano todas las mañanas y muchos de ellos lo pelaban, te ofrecían un bocado y, hasta que no se lo dabas, no empezaban ellos a comer. Les llevabas unos zapatos y hacían cola de una hora para traerte té en agradecimiento”. Las horas no se acababan en el campamento, pasaban a veces quince y dieciséis horas allí, colaborando, conociendo a la gente, escuchando historias, poniendo nombres. “Te vienes y ves que no estás haciendo nada aquí. Tengo que volver.”

(*)Esta nota es por los debates que nos han surgido en el uso de las palabras: “refugiados”, y “refugiadas”. De acuerdo con la Convención de Ginebra sobre el Estatuto de los Refugiados, un refugiado es una persona que “debido a fundados temores de ser perseguida por motivos de raza, religión, nacionalidad, pertenencia a un determinado grupo social u opiniones políticas, se encuentre fuera del país de su nacionalidad y no pueda o, a causa de dichos temores, no quiera acogerse a la protección de su país; o que careciendo de nacionalidad y hallándose, a consecuencia de tales acontecimientos fuera del país donde antes tuviera su residencia habitual, no pueda o, a causa de dichos temores no quiera regresar a él” Desde Cassandra nos es difícil hablar de personas refugiadas, migrantes o desplazadas. Los adjetivos tienen muchas connotaciones, algunas de ellas infundadas por los mismos medios de comunicación. Estos términos pertenecen, en cierto modo, a un grupo de palabras que se llenan y vacían de contenido, convirtiéndose incluso en eufemismos. En la entrevista con Luisa, surgió la reflexión sobre el concepto y su opinión fue que “estamos hablando de refugiados por ponerle un nombre, los están tratando como personas ilegales, no están teniendo ningún tipo de trato como refugiado según la ley”. La línea entre una persona migrante o refugiada es muy fina porque mientras que, según ACNUR, un migrante disfruta de la protección del gobierno de su país de origen, el refugiado no y hacen de esta la diferencia básica. Sin embargo, esa protección del gobierno de la cual se habla ¿no incluye el no pasar hambre y tener una vivienda? ¿No son dos cuestiones también de inseguridad por las que cambiar de residencia a otro lugar con mejor situación y que, a su vez, generan un ambiente de peligro por el que huir?. Migrantes y refugiados convivien hoy en los campamentos de Grecia y otras partes. ¿Cómo separar?.

Nerea

Fotos:  Luisa Lopez

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