La inociencia de los chistes

Soy el típico que cuando alguien empieza a decir “te sabes ese de…”,  me giro a escuchar el chiste sin paliativos esté donde esté y lo cuente quien lo cuente,  me gusta escuchar los chistes y lo normal es que me ría incluso cuando son malos. ¡Es más! Muchas veces mis chistes favoritos son aquellos con los que nadie se ríe. Sin embargo, los chistes tienen dos formas de verse; la sana y la real.

La sana es aquella que entiende el chiste como un absurdo que si se diera de verdad conllevaría una desgracia, no te lo crees, te ríes de la idiotez que supone lo que el chiste narra.

La real es el reflejo de una sociedad que es xenófoba, homófoba, machista, misógina, clasista y toda una serie de calificativos que desordenan los derechos que cualquier persona debería llevar como insignia.

Hay una superioridad intrínseca que se refleja en el chiste que no es absolutamente blanco. Dense una vuelta por sus chistes favoritos y lo normal es que discriminen a alguien; los chistes hablan de putas, de negros, de amas de casa, de maricones, de cornudos, de hombretones con miembros supra-viriles. Siempre digo que cuento chistes, porque en cuanto cuento un chiste sobre alguien estoy dando permiso a cualquiera para que haga un chiste sobre alguien como yo: blancos, hombres, gente con gafas, bajitos, andaluces, sevillanos, jóvenes universitarios… Pero yo vivo en una alcayata que me incluye con facilidad en la sociedad de lo políticamente correcto. No tiene gracia, el estatus de  hombre-blanco-joven-sano me protege. No hay chistes al respecto.

Hay incluso una oda al machote cuando se hace un chiste de cornudos, lo que hace gracia es que un hombre no pueda controlar a su mujer; por eso no se escuchan chistes de mujeres que se ríen sobre cómo les ponen los cuernos a su marido. Hay otra variante en la que el machote le pone los cuernos vigorosamente a su mujer. Tenemos, entonces, al sexismo reflejado en, o bien el control sobre una mujer, o bien el trato a la mujer como un objeto.

No quiero prohibir los chistes desde aquí, eso es absurdo, la risa es un arma de construcción masiva; lo que quisiera es instar a todos a ver que son absurdos y no realistas. A reírnos no de que un hombre maltrate a su esposa; si no de que la violencia machista sea un absurdo, que no sea pan de cada día, sería precioso reírnos de aquel tiempo carajote en el que éramos tan gilipollas que discriminábamos a todo aquello que no era como nosotros.

Chistes sobre lo absurdas que son estas situaciones, tomárnoslos como un risa condenatoria que humilla a quién tortura, sin tener miedo a contar un chiste, porque haya imbéciles que crean que eso es lo que hay que hacer, atacar a otras razas, otros géneros, otros países. ¡Eso sí que sería, en vez de un chiste, un canto! ¡Una cárcel de carcajadas para todos los que maltratan, para que lloren dentro!

No obstante, no es así, los chistes siguen siendo el escaparate de las sociedades y, aunque reírse de uno mismo siempre es bueno, lo que no es bueno es tomarse a broma tanta injusticia. Y, como bromista habitual, eso me apena profundamente.

Fernando

Foto: Paradigmätika (colaboradora de Cassandra Errante)

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