Una pandemia llamada Violencia

Patria, Minerva y María Teresa Mirabal eran tres hermanas dominicanas que se opusieron con tenacidad a la violenta dictadura de Rafael Trujillo en los años 50´ entrando en un grupo conocido como Agrupación política 14 de junio, convencidas de que la política del dictador había permitido que el país hundiese en el más grande retraso y caos.

Las Mariposas (nombre con el que se apodaban las tres hermanas), durante los años de activismo político, fueron repetidamente torturadas, violadas y encarceladas justo por haber abrazado una causa en la que creían con ardor. Y todo esto hasta el triste epílogo de 1960, cuando, el 25 de noviembre, fueron brutalmente exterminadas por orden del mismo dictador.

Su odioso asesinato, sin embargo, produjo una eco gigante: el pueblo dominicano, enterándose de lo que había pasado, se indignó, reivindicó la causa de las hermanas Mirabal, las conciencias se despertaron y la consecuencia directa de eso fue el asesinato de Trujillo, el 30 de mayo de 1961, después de treinta años de extenuante entorpecimiento y represión.

Para recordar ese horrible masacre la Asamblea General de la ONU, después de una petición de un grupo de activistas que se habían reunido en el Encuentro Feminista Latinoamericano del 1981 en Bogotá, decidió dedicar el 25 de noviembre a las hermanas Mariposas, llamándole el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia Contra las Mujeres.

A partir de los años 80´ , entonces, el tema de violencia contra las mujeres tuvo un reconocimiento oficial e internacional, levantando la capa de una solidaridad machista latente que desde demasiados años atrás ocultaba un fenómeno de vejaciones y represiones que, lastimosamente, no logra ver su fin definitivo.

hermanaMirabal_Erin_Currier

Hemos tenido un despertar de las conciencias, pues sí. Pero la violencia contra las mujeres, en cuanto sexo débil, en cuanto ángeles del hogar, relegadas a la mera sumisión frente al sexo fuerte (¿?) nunca se ha acabado. Y no hablo sólo de los casos más asombrosos de ataques, muertes o tragedias que han sido difundidas por los medios de comunicación.

La violencia contra las mujeres es algo cotidiano, está enraizada en las mentalidades retrogradas de muchas zonas del planeta, ancladas a legados religiosos o a praxis atávicas que cuesta mucho que se reconozcan como tales.

Vivo en el sur del Mediterráneo, alternando el sur de España con el sur de Italia, y me enfrento casi cotidianamente a esa plaga aberrante. Es verdad que, respecto a unas decenas de años atrás, la situación de la mujer ha notablemente evolucionado, pero todavía la violencia no suele reconocerse como tal.

Sobre todo por parte de las mismas mujeres.

La primera vez que escuché a una mujer confesarme que estaba siendo pegada y violada repetidamente por su marido, incluso delante de sus hijos casi me desmayo.

Aunque sesta sensación de malestar fue inmediatamente suplantada por una mezcla entre rabia e impotencia cuando, tras mi pregunta:  “Señora ¿porqué no le denunciamos?”, la mujer me contestó: “No, no, no quiero hacerle daño”.

La inútil tolerancia de la violencia, verbal o física, no daña solamente nuestros cuerpos o nuestros espíritus, sino que también nos hace culpables de colusión con personas que no son dignas de entrar en la categoría de humanos y hace imposible (a la justicia también) que se puedan poner medidas para derrotar dicha pandemia.

Elisabetta

Foto: Erin Currier

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