De asteriscos, arrobas y otros demonios

Mi intención es dar una breve explicación dirigida especialmente a tod*s l*s que en varias ocasiones hicieron hincapié en la dificultad de seguir algunos de mis artículos o comentarios.
A menudo y en la medida que puedo, he insertado voluntariamente símbolos como el comodín asterisco (*), el símbolo arroba (@) o la letra x (X) para indicar la neutralidad de género o el uso de ambos géneros (chica/o guapa/o, por ejemplo).

Y repito, de forma voluntaria.

No es por el deseo de parecer joven, geek o aparentar estar en sintonía con los tiempos. Personalmente, me molesta el uso de caracteres sms como léxico común, y también estoy firmemente en contra de la adquisición de unos slang con evidentes faltas de gramática, costumbres que se están radicando siempre más en el lenguaje verbal y que en los últimos tiempos la Accademia della Crusca y la Real Academia Española están tolerando.
La razón que subyace a la elección de dicho “estilo” radica en la creencia de que gracias a este truco (demasiado irreverente para los devotos de la lengua italiana, tal vez) pueden ser estimulados, aunque sean mínimamente, la reflexión y el análisis del tema “género” (entendido como un conjunto de características culturales y sociales relativas al pertenecer a uno u otro sexo).
Tanto en italiano como en español, tenemos una diferenciación de género en el lenguaje. Muchas veces en italiano nos olvidamos de la existencia de ello y sólo usamos el género masculino: ¿pura costumbre o comodidad? ¿convenciones radicadas en el tiempo? ¿legados de épocas patriarcales?

Para explicarme mejor: el ministro, el abogado, el juez, el notario, el prefecto, son sólo algunos de los ejemplos más clásicos, en los que el uso común del género masculino, como si se tratara de un neutral, se justifica con el argumento de que estos términos se refieren a las funciones, a la profesión, independientemente de la persona que lleva a cabo la tarea. Por otro lado, cuando se utiliza el plural el dogma gramatical dicta que en presencia de varios sujetos de los cuales al menos uno es hombre se debe utilizar el género masculino.

Atreverse en italiano al uso del femenino de ministro o abogado equivale a correr un riesgo, pues puede ser dramáticamente cacofónico así como redundante y a veces arcaico.

Plantear la cuestión de género en el lenguaje no es simple meticulosidad derivada de una obtusa exasperación del feminismo. La base de todas las conversaciones es el lenguaje, las palabras que usamos en cada discurso – en la mayoría de los casos de forma automática – son los envases en los que se ponen los conceptos y formas de pensar de todos y y todas.

Así como dijo el irritante huevo Humpty Dumpty, las palabras adquieren el significado que queremos darle y entonces, si realmente queremos resolver el tema de género, la brecha que aún existe entre hombres y mujeres (mucho más común de lo que se imaginan, incluso en las democracias avanzadas, como las de la mayor parte del viejo Continente) debemos comenzar desde el principio, incluso antes de analizar el problema, tenemos que ser conscientes de las palabras que utilizamos ya que desempeñan un papel fundamental en la construcción social de la realidad en la que vivimos.

En los años 60, época en la que se comenzó a adquirir una conciencia global de la cuestión de género, se desarrolló desde los Estados Unidos el concepto de linguistic sexism: se observó que el poderoso instrumento de la palabra se usaba como una herramienta para menospreciar o ignorar a uno de los dos sexos – en la gran mayoría de los casos a la mujer – y de insinuar, a veces inconscientemente, el sexismo en la población.
Los estudios sociolingüísticos sobre esto en el momento se extendieron como la pólvora entre las distintas disciplinas. Muchos intelectuales comenzaron con la simple reflexión sobre el papel de la lengua y el valor que adquiere en el desarrollo de ciertos conceptos e ideales que giraban en torno al mismo concepto  de género.

El sexismo lingüístico era moneda corriente, con todas las consecuencias que esto conllevaba: la desigualdad formal y sustancial, la identidad de género incierta e inestable, así como una total falta de reconocimiento oficial de todos los matices que existen entre los tradicionales “azul” y “rosa”. La lucha por la igualdad de género, el primer paso para desfragmentar la situación de discriminación y de desigualdad (y para poder en el futuro llegar a una diferencia sustancial y consciente) se deslizó hasta el lenguaje político.

Paradigmätika Diseño Gráfico 1

En 1986, Alma Sabatini, profesora de italiano, activista feminista, escritora y activista del partido radical, publicó un ensayo acreditado por la Comisión Nacional para la igualdad entre hombres y mujeres (entonces presidido por la Ministra Tina Anselmi y establecido por la Presidencia del Consejo de Ministros) titulado El sexismo en la lengua italiana. Este texto nace como el resultado de una investigación llevada a cabo por Sabatini sobre el uso de la palabra en el lenguaje de la prensa y en la formulación de un puesto de trabajo:

 “La importancia del lenguaje socio-político llama la atención desde hace mucho tiempo: las socio-lingüistas y psicolingüistas han realizado estudios e investigaciones sobre el tipo de variables y la derivaciones en las diferencias de formas y usos de la lengua, en los valores negativos de las palabras asignadas a las clases y grupos oprimidos, así como se están realizando estudios sobre el “discurso del poder” (lenguaje de los políticos, de los medios de comunicación, etc.). [ … ] A pesar de que la relevancia social de la lengua está teóricamente reconocida en el campo de la lingüística y de la cultura en general, sin embargo el lenguaje es tratado casi como si se tratara de un medio  “objetivo” de distribución de contenidos. Creemos que somos capaces de controlar la lengua, de manipularla de acuerdo a nuestras necesidades y objetivos, y en realidad no nos damos cuenta que es ella la que controla y manipula a nosotros y a nuestras mentes: no siempre somos nosotros los que hablamos el lenguaje, sino es el mismo lenguaje el que nos habla”.

El sexismo lingüístico, gracias a Alma Sabatini, se hizo visible desde ese momento: de hecho se declaró en voz alta que el italiano poseía una fuerte vertiente sexista y discriminatoria que había que purgar necesariamente. El lenguaje es un elemento vivo, por eso varía y se adapta como una prenda perfecta de sastrería al cuerpo del modelo y a pesar de esto no pierde su acabado inicial.
La cuestión, sin embargo, ha permanecido estancada desde hace bastante tiempo y casi treinta años después de la publicación del ensayo, podemos decir que el debate está surgiendo ahora. Tal vez, gracias al deseo de emulación desatado por la Unión Europea en 2008, año en que publicó un manual sobre el uso de la neutralidad de género en todos los idiomas de trabajo de la Comunidad.
O quizás,  gracias a todos l*s que creen firmemente en el poder de la palabra.

Elisabetta

Foto: Paradigmätika Diseño Gráfico

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