La más difícil de todas las luchas: la de todas y de todos

La sociedad está diseñada para formar individuos (no personas) con memoria cortoplacista, que olvidan a la velocidad de la luz y que tienden a asumir que las situaciones que viven en la actualidad han sido así desde siempre, “desde que el mundo es mundo”; que las disposiciones sobre cómo pensar, actuar, en fin, vivir, vienen dadas por dios, por la naturaleza y por lo tanto son incuestionables.

El problema cuando se asume que las realidades son incuestionables porque “así son”, es que automáticamente se convierten en dogmas y por ende, se piensa que siempre serán así y que no son susceptibles de ser modificadas porque la idea de cambiar esas formas de pensar, actuar, vivir, es casi como ir en contra de la naturaleza, en contra de dios, y eso es impensable, inconcebible, inaceptable.

En este tipo de convicciones es que la cultura patriarcal ha encontrado su principal fuente de alimentación, reproducción y perpetuación. Las mujeres hemos asumido como ciertas las premisas de la desigualdad y las hemos interiorizado a tal punto que somos sus replicadoras por excelencia.

Diferencia y desigualdad no son lo mismo. Pero es precisamente en la diferencia biológica entre hombres y mujeres que se ha construido la desigualdad de género, y ojo, género y sexo, tampoco son lo mismo. El sexo es la condición biológica con que nacemos. El género es una construcción social, una formulación de ideas en función de la cual se asignan roles a hombres y a mujeres.

Paradigmätika Diseño Gráfico

Lastimosamente en la mayoría de sociedades, el género ha sido determinado a partir del sexo, es decir, se han asignado los roles a hombres y mujeres en función de sus características biológicas, especialmente, las que tienen que ver con la capacidad reproductiva.

No puedo evitar sentirme molesta cuando escucho a hombres, generalmente colegas, decir frases como “la sacralidad de la mujer”, “la mujer es portadora de vida” “a la mujer hay que protegerla”, según ellos encaminadas a defender la condición de mujer cuando en realidad lo único que hacen es dejar en evidencia lo impregnados que están de esa cultura patriarcal y machista.

De todas las formas de violencia que hemos identificado hasta ahora en la humanidad, la única que traspasa las barreras de la cultura, religión, condición socio-económica, ideología política, nacionalidad, raza y tiempo es la violencia de género.

Eso de reconocer que las mujeres no somos una minoría oprimida, un colectivo exigiendo derechos sino la mitad de la población o en la mayoría de casos, más de la mitad de la población mundial, parece algo difícil de aceptar, en especial cuando se piensa en el poder, que de ser distintas nuestras condiciones, esa situación implicaría.

Y es que al final de cuentas todo se reduce a eso: el poder. Sí el poder que los hombres se niegan a dejar ir porque en ello se les va la construcción de la imagen de sí mismos, de su lugar en la sociedad, en fin, de su razón de ser, estar y gobernar.

Me molesta sobremanera que mis reclamos sean descalificados por la única razón de que una vez al mes mi cuerpo experimente el ciclo menstrual; que vestir de falda o shorts sea pretexto para que patanes conocidos y desconocidos se sientan invitados a comentar sobre mi figura; que expresar mi deseo de no embarazarme sea motivo de críticas porque eso implica ir en contra de la función que la naturaleza me ha conferido aun cuando nadie me preguntó si quería ser portadora de un útero y hacer uso de él.

Hace unos días realicé una visita de campo abordo de un vehículo con otras cuatro personas en el que yo era la única mujer. Como era la tercera ocasión que visitaba el lugar le comenté algo sobre la ruta al motorista que no recordaba con exactitud el camino tomado. A mi comentario le siguió el de otro de los pasajero que, refiriéndose al motorista, dijo: “qué barbaridad, ¿no te da pena?, mejor ella se acuerda y no vos”. Ante semejante frase no pude evitar preguntarle: ¿cómo que “mejor ella”? ¿Por qué no habría de acordarme yo? ¿Porque soy mujer? A mis preguntas solo obtuve como respuesta una risa nerviosa que denotaba vergüenza seguida de un profundo silencio.

Sin duda la lucha por la reivindicación de la igualdad de género es una batalla diaria. Una ardua tarea que requiere no de programas asistencialistas para mujeres víctimas de violencia física o psicológica en el interior de sus hogares. Sino de cambios estructurales profundos que modifiquen la forma de pensar con que hombres y mujeres somos educados, de tal suerte que programas como el recién creado “Ciudad Mujer” en El Salvador y que ahora es modelo para otros países de la región, no sean necesarios. La idea no es expandir esta clase de programas cortoplacistas sino construir y/o deconstruir una sociedad donde esa clase de programas no sean necesarios, donde las notas de mujeres víctimas de violencia no sean la primera plana de los medios de prensa ni los titulares de los noticieros.

Como lo expresé en una de mis cuentas de redes sociales hace unas semanas con motivo de la conmemoración del día internacional de la mujer: más que felicitaciones, con que no me acosen, no me discriminen y con que mis capacidades no sean subestimadas, me doy por satisfecha.

Sandra

Foto:  Paradigmätika Diseño Gráfico

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