Derechos in-humanos. A propósito del uso de las palabras.

Como estudiantes, operadores, juristas, ante todo como ciudadanos, abusamos de las fórmulas, de las locuciones listas, expresiones compuestas por dos o más palabras que, a la larga, llegamos a percibir como unidas: libertaddeexpresión, desarrollosostenible, pazenelmundo, cuestiónesdegénero. Y de la misma manera derechoshumanos. Pronunciándolas vamos perdiendo el contacto con los derechos, con el derecho y con su humanidad.

Derechos. La palabra, en muchas lenguas neolatinas (derecho, droit, diritto, direito) evoca la línea recta y por ende, la linealidad. Lo que tiene que ver con el derecho, entonces, sería unidireccional, recto, sin manchas, orientado de manera determinista. Aclarar que sería diferente el ius de los latinos, o el law de los anglosajones. Con esta premisa, de forma apresurada se podría decir que vamos construyendo la idea de que el derecho objetivo coincida con el derecho escrito por los legisladores, producido por fuentes formales, impuesto y luego aplicado, observado o transgredido; también, que los derechos subjetivos (necesariamente en plural), de la misma manera, sean correspondientemente el ejercicio – unívoco, exacto – de aquellas prescripciones. Sin embargo la experiencia jurídica – del derecho escrito por los legisladores, interpretado por los jueces y estudiado por los juristas, producido cada día por los operadores – podría revelarse como cualquier cosa excepto como un acontecimiento lineal, plano, sin aspereza, rudeza o imprevistas regresiones.

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La lista de ejemplos, a esta altura, podría resultar inútil; no obstante, no puedo resistir a la tentación de un par de menciones: el derecho del feto,(¿el feto es sujeto de derecho? ¿Cómo es posible que lo sea en ciertas latitudes y en otras no? Y ¿cuáles son los derechos de los que es titular? ¿Y la madre, con sus intereses convergentes o divergentes de aquellos derechos? ¿Y el padre? ¿Existe un derecho a la vida correspondiente a un interés público al nacimiento de nuevos individuos: un “derecho objetivo a la vida”?) y el derecho al ambiente (¿cuál es el espacio del derecho objetivo del ambiente? ¿Y aquello del derecho subjetivo a la salubridad del aire? ¿Cuántos de aquellos derechos son titularidad de los seres vivientes? ¿Serán titulares de aquellos derechos, por lo menos en parte, los nacientes? ¿O los hijos, aunque menores de edad, independientemente de los respectivos padres?).

Podrían valer consideraciones análogas para el atributo humanos; lo usamos para calificar aquellos derechos como supremos, absolutos, indispensables a la voluntad de las mayorías; y lo usamos como si existieran derechos no humanos, como si los derechos que no reputamos inviolables sean in-humanos; como si los derechos se atuviesen en cada asunto a acontecimientos humanos, como si no fueran humanos aquellos que ponen las normas, aun cuando reconocen derechos naturales y por ende innatos, objeto de mero reconocimiento.

Con los derechos humanos volamos en alto, atraídos por las abstracciones más atrevidas (seducidos por palabras muy a menudo con letra mayúscula – Libertad, Igualdad, hasta Felicidad) y tendemos a olvidar que humanos tiene la misma raíz de humus (es decir “tierra”): aquellos derechos rozan, entonces, las altitudes del pensamiento occidental más evolucionado, pero sólo porque se arrastran, a medida del hombre, anclados a raíces más profundas.

Roberta

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